(Chesapeake 02) Cuando sube la marea

(Chesapeake 02) Cuando sube la marea

Author:Nora Roberts
Language: es
Format: mobi
Tags: love_contemporary
Published: 2011-01-08T23:00:00+00:00


Capítulo 11

En la oscuridad, mientras el búho seguía ululando, Ethan se movió, desprendiéndose del brazo que Grace le había pasado en torno al pecho. Ella reaccionó arrimándose más a él. Ese gesto le hizo sonreír.

—¿Ya te levantas? —le preguntó con la voz amortiguada por su hombro.

—Tengo que hacerlo. Ya son más de las cinco. —Podía oler la lluvia en el aire, la oía llegar con el viento—. Voy a darme una ducha. Vuelve a dormirte.

Grace hizo un ruido que él tomó por asentimiento y se refugió en la almohada.

Ethan se movió en la penumbra con paso ligero, aunque tuvo que detenerse un par de veces de camino al baño. No conocía la casa de Grace tan bien como la suya. Esperó hasta estar dentro para dar la luz, de modo que el resplandor no saliera al pasillo y la molestara.

La escala del cuarto de baño estaba en proporción con el resto de la casa. Era tan pequeño que él habría podido colocarse en el centro y tocar las paredes con la mano. Los azulejos eran blancos, la pared sobre ellos estaba empapelada en finas rayas multicolores. Sabía que Grace había colocado el papel ella misma. Le alquilaba la casa a Stuart Claremont, un hombre que no era conocido por su generosidad o su gusto en la decoración.

Se sonrió al ver el pato de plástico con pico naranja que anidaba a un lado de la bañera. Al oler el jabón, se dio cuenta de por qué Grace siempre olía vagamente a limones. Aunque le gustaba ese aroma en ella, esperaba sinceramente que Jim no pudiera notárselo a él.

Agachó la cabeza bajo el fino chorro de agua. Grace necesitaba una alcachofa nueva, decidió, y al pasarse la mano por la cara, se dio cuenta de que tenía que afeitarse. Ambas cosas tendrían que esperar.

Pero ahora que las cosas habían cambiado entre ellos, probablemente ella le permitiera ocuparse de algunos arreglos en la casa. Siempre había sido muy testaruda en cuanto a aceptar ayuda. Le parecía que una mujer orgullosa como ella se mostraría menos terca al recibir ayuda de un amante que de un amigo.

Eso es lo que eran ahora, reflexionó. No importaba cuántas promesas se hubiera hecho a sí mismo. No iba a terminar con una noche. Ni él ni ella estaban hechos así, y tenía tanto que ver con el corazón como con las glándulas. Habían dado el paso y ese paso implicaba un compromiso.

Eso era lo que más le preocupaba.

Nunca podría casarse con ella, tener hijos con ella. Ella querría tener más hijos. Era demasiado buena madre, poseía demasiado amor que dar como para no quererlos. Aubrey se merecía tener hermanos o hermanas.

No tenía sentido darle vueltas, se recordó. Las cosas eran como eran. Y ahora mismo él tenía derecho, y sentía la necesidad, de vivir el momento. Se amarían el uno al otro cuanto y mientras pudieran. Eso tendría que bastar.

En menos de cinco minutos descubrió que el calentador de agua de Grace era tan pequeño como el resto de la casa.



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